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El mal francés

· La Vanguardia Economía

Nuestros vecinos franceses, siempre altivos, están hoy sumergidos en problemas de sus pobres vecinos del sur: desconfianza de los mercados financieros sobre la solvencia de sus finanzas públicas. Y ello porque, desde hace demasiado, su crecimiento es modesto, elevado su déficit público y muy alta su deuda: el avance del PIB 2023-25 ha sido de un escaso 1%, incapaz de reducir un déficit que entre el 2021 y el 2025 se situó en 5,5%-6%, mientras el endeudamiento público continua tozudamente por encima del 110% del PIB. Y dado el modesto crecimiento que se espera para los próximos años, no ha de extrañar a nadie que el FMI (Francia, 2026 Article IV Consultation, julio 2026) anticipe un déficit público en el 2027-29 por encima del 4% y una deuda pública que continuará al alza, desde el 116% del PIB en el 2025 hasta el 122% que se espera a finales de esta década.

A pesar de la presencia del todopoderoso BCE, los desequilibrios financieros de su sector público se reflejan en la respuesta de los vigilantes de los mercados de deuda: los bonos del Estado francés a diez años cotizaban ayer en el 3,98%, por encima de los de España (3,64%). No extraña que organismos internacionales como la OCDE o el FMI, por no hablar de la Comisión Europea, hayan elevado el nivel de alarma y que, incluso, el primer ministro Lecornu acepte públicamente la gravedad de la situación. Veremos los próximos años cómo responde la sociedad francesa a la inevitable, y siempre pospuesta, cura de austeridad.

Veremos cómo responde la sociedad francesa a la inevitable y pospuesta cura de humildad

Pero lo que sucede en Francia estos días aporta una interesante lección. El mejor trato de los mercados del que goza la deuda pública española refleja el impacto del crecimiento de los últimos años, sus efectos en la reducción del déficit (en el 2025, en el 2,4%, lejos del 5,1% francés) y las positivas perspectivas de avance del PIB los próximos años. Es un aspecto que tiende a olvidarse cuando se analiza nuestro modelo productivo, sesgado hacia sectores intensivos en mano de obra y el impacto de la inmigración y sus efectos sobre el consumo familiar y la inversión. Una favorable situación que da margen para poner la casa, la fiscal se entiende, en orden. Y ayuda a comprender, por ejemplo, la negativa del Gobierno español a deflactar la tarifa del IRPF: el aumento de ingresos mantiene una dinámica razonablemente positiva en las finanzas públicas.

Nuestro imperfecto modelo de aumento del PIB está permitiendo, lentamente, reducir los severos desequilibrios fiscales. Que, no fuéramos a olvidarlo, son herencia directa de la crisis del 2008-2012 y de los añadidos a ella por la covid y la guerra de Ucrania. En el contexto de los problemas de británicos o franceses para conseguir financiación en los mercados, bien está esta ventana de oportunidad. No conviene creer que la bonanza actual signifique que los vigilantes de los mercados ya han desaparecido. Están ahí, al acecho.